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Relato: Cuando la fe tambalea (2)





Relato: Cuando la fe tambalea (2)

CUANDO LA FE TAMBALEA


(SEGUNDA PARTE Y FINAL)



Cuando la fe se desmorona cualquier final es impredecible.





No supo cómo cruzó la distancia
que había de su pequeño departamento hasta la oficina parroquial. Volvió a
escuchar los golpes. El corazón le palpitaba violentamente. No comprendía del
todo por qué había hecho lo que había hecho al salir de su habitación. Sacar la
cruz para dejarla en la sala. Pero el sueño que había tenido fue muy real, tanto
que hasta se sentía culpable. Poco antes de llegar a la puerta volvieron a
golpear. -"¡Ya voy! ¡Ya voy!" - gritó corriendo por la mitad del pasillo. Abrió
la puerta con precaución. Su impresión fue inmensa al ver que era la chica.
Estaba sollozando, de rodillas apoyada en la pared. Un hilillo de sangre le
corría de la nariz. Una magulladura en la cara, tal vez un golpe y otra en la
frente. Su jeans estaba cubierto totalmente de tierra y algo de barro. La blusa
desgarrada en el hombro izquierdo. El cabello en un estado lamentable. Con el
llanto se le había corrido el rimmel, dejando en su rostro una mancha oscura que
le daba un aspecto más patético aún. Al verla así sólo pudo exclamar: -"¡Dios
mío!" Se agachó y la tomó de los brazos ayudándole a levantarse.


La hizo pasar,
cerró la puerta y la condujo a la casa. La sentó en una silla, mientras iba al
dormitorio para arreglar la cama. Entonces la fue a buscar y la recostó. Puso
una almohadas detrás de su espalda y se fue a buscar una palangana con agua,
algodón, toalla y desinfectante. A pesar de su estado calamitoso, conservaba su
belleza y encato acentuado con la fragilidad en que se encontraba. Cuando lo vio
regresar, ella trató de incorporarse. -" … de… de… debo irme…" - dijo con una
voz tan débil que apenas podía oírse. El cura la empujó suavemente hacia atrás y
le dijo: -"Tú no estás en condiciones de ir a ninguna parte. Mejor quédate
tranquila y deja que te ayude." Ella no respondió, sólo se quedó tranquila. El
cura comenzó a limpiarle la cara, quitándole la sangre seca, limpió las
magulladuras y las manchas de rimmel. En su interior estaba asombrado por la
belleza de la chica. ¿Cómo podía ser un hombre un ángel así? - se preguntaba
mientras terminaba de limpiarle el rostro. Sus ojos azules eran inmensos y
profundos, expresivos como un mar infinito, mágico, que llamaba a descubrir el
encanto de sus misterios. -"¿Cómo te llamas? - le preguntó. Ella hizo un pequeño
gesto de dolor, cuando el cura le volvió a pasar la toalla por la cara. -"María…
María José" No pudo evitar hacer cierta analogía, tal vez por eformación
profesional. María José. La virgen y su esposo, pensó de inmediato. La
ambigüedad entre lo femenino y masculino, pensó también. -"Yo soy el padre
Gonzalo" - le dijo.



Una vez que hubo terminado con su rostro, la miró.
Posiblemente tenía heridas o contusiones en alguna otra parte del cuerpo. Eso le
preocupaba por el peligro de alguna hemorragia interna y, en ese caso, tendría
que llevarla al hospital de inmediato. -"Te quitaré la blusa y el jeans para
asegurarme que no tengas nada serio" - le dijo. Ella lo miró y respondió: -"¿Es
necesario, padre?" -Él la miró perplejo y le contestó: -"No. No es necesario.
Era sólo para asegurarme que no tengas algo serio y que podría requerir atención
especializada. Pero si no lo deseas no hay problema." -"Lo entiendo, padre" -
dijo ella - "pero no olvide que no soy mujer… no deseo perturbarlo…"



El cura la miró y le dijo de manera grave: -"Es cierto lo que
dices. Pero o debes olvidar que estás ante el cura y en la casa de Dios. ¿Acaso
Jesús no aceptó las atenciones de Magdalena?" Resignada contestó: -"Está bien,
padre…sólo se trataba de no ocasionarle molestias". Comenzó a desabotonarle la
blusa. No llevaba nada debajo. Dos hermosos pechos quedaron al descubierto.
Tenían forma cónica y muy turgentes y se notaban de una suavidad exquisita. En
la parte superior del pecho izquierdo había tatuada una pequeña mariposa, muy
hermosa. Afortunadamente no había señas de nada malo. Sólo en el vientre tenía
una pequeña hematoma. Con algo de dificultad ella se desabrochó el jeans. El
cura le quitó las botas vaqueras que llevaba puestas. Con mucho cuidado le quitó
el jeans. María José quedó solamente en tanga. Era de color negro y muy breve.
Por el borde superior le asomaba apenas algo de su vello púbico. El cura se
asombró que no se le notara el miembro. Por lo demás era toda una mujer. ¡Y qué
mujer! Hermosa como pocas. Fue imposible. No pudo evitarlo. La erección se le
produjo de todas maneras. El instinto del macho ante la presencia de la hembra
puede ser superior a cualquier otra cosa. Es la ley de la vida. Lo que nos
permite perpetuarnos. Sólo un muerto no habría reaccionado frente a la beleza de
la chica. –"Aparentemente no tienes nada" – le dijo. –"Muévete un poco y dime si
siente algún dolor". Ella contestó negativamente. El cura se alegró. Había
tenido suerte de salir sin nada serio. Abrió un armario y sacó una camisa de
franela. –"Póntela" – le dijo. Ella la tomó y no pudo evitar sentir que estaba
pasada al aroma del cura. Eso le gustó y sin que se diera cuenta la apretó unos
momentos contra su pecho. Le dio las gracias y se la colocó. Como era bastante
más pequeña le quedó como si fuera un camisón. Cuando la miró sintió un
estremecimiento, el verla con su camisa le dio una sensación voluptuosa difícil
de disimular. El cura le abrió la cama y le dijo que tratara de descansar. Le
preparó un té y se lo llevó. Ella lo recibió muy agradecida. –"¿No quiere saber
lo que sucedió? – le dijo. –"Creo que tendremos tiempo mañana. Ahora lo
importante es que descanses y trates de dormir. Estaré en el sofá de la sala por
si necesitas algo". Ella lo miró y le dio nuevamente las gracias. Cuando estaba
por retirarse, María José le dijo: -"Padre ¿no olvida algo? – Él la miró
curioso. –"¿Algo...? ¿cómo qué?" María José con sus ojos brillante le dijo: "Me
gustaría que me diera su bendición". El primer impulso del cura fue negarse,
pero luego lo pensó mejor. No quería caer dos veces en el mismo error. Siempre
sería mejor acoger que rechazar. Le dio la bendición y se retiró del dormitorio.



Sacó una cobija de un estante, un cojín que estaba sobre una
silla y se tendió en el sofá. No podía conciliar el sueño. En sus retinas había
quedado grabada la figura de la chica, lo hermoso de sus pechos y la sensualidad
de su tanga, la tersura de su piel y sus muslos bien torneados. No podía evitar
que la erección disminuyera. Cerró sus ojos y trató de pensar en otra cosa. Fue
lo mejor para quedar dormido. Ya estaba comenzando a abandonarse cuando sintió
los gritos de María José. Se levantó y acudió lo más luego que pudo. Estaba muy
agitada en la cama, sollozando. Al parecer una pesadilla. Fue a buscar un vaso
de agua. Se sentó a su lado en una orilla de la cama. La abrazó y ella se calmó.
Así la tuvo durante un buen rato hasta que se quedó dormida. Eso fue una
sensación nueva para él. Y le había gustado. Mucho le había gustado. La dejó
suavemente y se retiró tratando de hacer el menor ruido posible. El resto de la
noche no fue muy tranquilo, principalmente por la excitación que le producían
los acontecimientos ocurridos y por saber que una chica tan bella estaba ahí a
unos pocos metros de él. Despertó varias veces más durante la noche, entonces
aprovechaba de ir a darle una mirada a María José. Quien ahora estaba durmiendo
plácidamente. Cuando despertó el día ya estaba bastante claro. Miró su reloj.
Marcaba las 7:00 AM. Se levantó. Fue al baño y se mojó el rostro para terminar
de despertar. Preparó el desayuno. Tostadas, huevos revueltos, café con leche y
jugo de naranjas. Dispuso todo de la mejor manera posible en una bandeja y se
dirigió al dormitorio. La despertó suavemente, tocándole el hombro. Lentamente
abrió los ojos. Lo primero que vio fue el rostro del padre. –"Buenos días" – le
dijo. Ella se refregó los ojos y contestó el saludo. –"Buenos días, Padre". El
cura le extendió la bandeja, colocándola a su lado. –"Supuse que tendróas
hambre" – dijo. –"Y no se eqivocó, padre. Nada mejor que recibir una buena
paliza para despertar el apetito". El cura no pudo evitar reír ante la salida de
María José. Después poniéndose más seria agregó: - "Muchas gracias por sus
atenciones y disculpe las molestias que le he causado". El cura la miró y
respondió:-"No me lo agradezcas. La caridad cristiana es mi deber. Lo hubiera
hecho por cualquiera inclusive si hubiera sido un enemigo". Pero no pudo evitar
que se le saliera el hombre que llevaba adentro y agregó: -"Pero tratándose de
ti lo hice con más gusto aún". María José se hizo la desentendida, pero calibró
perfectamente las últimas palabras del cura. El desayuno, sin mayor elaboración
le supo como el más exquisito de los manjares. Una vez que terminó, el cura se
sentó en una silla. Obviamente estaba llegando la hora de las explicaciones.
María José le preguntó si podía fumar. El cura le dijo que sí. Se incorporó un
poco sobre la cama para alcanzar su jeans. Al hacerlo se descuidó un poco, y el
cura pudo apreciar claramente la suave redondez de su trasero, con el hilo
perdiendose entre sus glúteos. Tuvo que respirar hondo para contolarse.


María
josé ya con la cajetilla en la mano le ofreció uno. Grande fue su sorpresa
cuando el cura aceptó. El se percató de ese detalle y entonces le dijo: -"Cuando
hay situaciones poco comunes, como la de ahora, con gusto suelo fumarme un
cigarrillo" – De inmediato buscó un cenicero y lo dejó al alcance de ambos.
–"Ahora, María José, es el momento de decirme todo lo que tengas que decir.
¿Deseas hacerlo bajo el Sacramento de la Confesión? – le peguntó. Ella le dijo
que no. Entonces encendió el cigarrillo y se dispuso para oírla. María José dio
un profundo suspiro y dijo: -"Está bien, Padre". – Guardó silencio por unos
instantes tratando de poner en orden sus pensamientos. –"Estaba un poco aburrida
en casa – comenzó diciendo- vivo sola. Como la noche estaba agradable quise
tomar un poco de aire fresco y me dirigí a la plaza, esa que queda como a unas
diez cuadras de aquí. Fui caminando tranquilamente. Tomé asiento en un escao y
prendí un cigarrillo. El cielo se veía hermoso y muy estrellado. Como a los diez
minutos llegaron unos muchachones. Eran cinco. Se ubicaron al otro lado de la
plaza. Bebían de una manera terrible. Luego liaron unos cigarrillos de yerba. Lo
digo porue percibí el aroma. Yo estaba comenzando a sentirme incómoda, ya que el
lenguaje que utilizaban era bastante soez. Me levanté y me dispuse a retirarme
entes que las cosas feran a adquirir otro matiz. Ya me estaba regresando cuando
uno de ellos me gritó: -"¡Hey, tú! ¡Ven aquí!" – Me hice la desentendida y seguí
caminando. Entonces se levantaron me rodearon. –"¿No entiendes cuando te hablan,
grandísima puta?" – me dijo uno de ellos. Obviamente estaba en desventaja, pero
me indigné tanto lo que me dijo que le grité: -"Puta será tu madre!" –Entonces
me comenzaron a golpear. Traté de escapar pero fue imposible.


Gracias a Dios,
algo, no sé qué, los asustó y escaoaron a perderse. Quedé un rato allí tendida
en el suelo, hasta que pude levantarme. Me sentía muy débil y adolorida. Fuen
entonces cuando se me ocurrió solicitar su ayuda, ya que la iglesia queda
bastante más cerca que mi casa. El resto ya lo sabe..." – El cura se quedó
pensando un rato, para luego decir: -"Afortunada fuiste en salir bien de este
problema. Te podrían haber quitado la vida" y luego agregó: -"María José, me
gustaría hacerte unas preguntas". – "Usted dirá, padre. ¿Qué desea saber?" El
cura apagó la colilla del cigarro y dijo:-" En primer lugar... ¿de dónde
apareciste? No te había visto nunca por aquí. María José sonrió y contestó:
-"Muy fácil, padre. Llegué aquí hace sólo tres semanas. No vivía aquí. Mi casa
no queda muy lejos. Es la herencia que dejó mi abuela. Seguramente usted debe
haberla conocido" –El cura se intrigó más con la respuesta. –"...no me dirás que
tu abuela era la señora Rosa..." María José se lo confirmó. –"Exactamente. Ella
era mi abuela. Me hablaba mucho de usted, de lo generoso y comprensivo que lo
encontraba" –El cura se quedó pensando en ella. –"Era una excelente mujer tu
abuela, siempre dispuesta a ayudar a su prójimo. Sentí muchísimo su muerte.
Eramos muy cercanos". María José lo miró. Tenía los ojos brillantes por la
emoción que le producía el recuerdo. –"El Señor le quitó a mi abuela - le dijo-
pero no lo dejó solo, le envió a su nieta". El cura no dijo nada sobre ese
comentario que lepareció fuera de tono, además no sabía muy bien cómo tomarlo.
Pero una cosa era cierta, sabiendo lo que sabía, de alguna manera se sentía
obligado con María José, por el recuerdo de su abuela.



-"Qué edad tienes, María José? – le preguntó. –"22 años,
padre" –Se quedaron nuevamente en silencio. María José miró su reloj. Ya era las
diez de la mañana. –"Creo que será mejor que me vaya, padre" hizo las frazadas a
un lado y quedaron a la vista sus maravillosos muslos. Tan perfectos, sin un
solo vello, tan bien torneados. El cura estuvo de acuerdo en que se fuera.
Recién ahora venía a pensar en qué dirían los vecinos si la veían saliendo de la
parroquia y más encima travesti. Algunas gotas de sudor comenzaron a aparecer en
su frente. –"Puedes quedarte con la camisa" – le dijo –"Recuerda que tu blusa
quedó completamente inutilizada. –"Gracias" – le contestó. Al levantarse de la
cama, Gonzalo no pudo dejar de ver el triangulito negro que formaba la tanga en
su entrepierna. Esa breve visión bastó para acelerarlo una vez más. ¿Qué le
estaba sucediendo? Jamás le había pasado algo parecido trabajando con mujeres
muy hermosas algunas y que se mostraban dispuestas. Y llegaba esta chica y le
daba vueltas todo el esquema. María José le pidió permiso para pasar al baño.
Allí se aseó rápidamente. Cuando estuvo lista fue donde Gonzalo para despedirse
y agradecerle una vez más.-"Padre, ya estoy lista" – le dijo. El se quedó
mirándola fijamente para luego decirle: -"Espero que nuestro próximo encuentro
sea una ocasión más feliz". –"No tengo cómo agradecerle lo que hizo por mí,
padre" – La iró con ternura y le respondió: -"Lo hice con mucho gusto. Ve en
paz, hija mía" – y le dio la bendición. María José en forma impulsiva lo abrazó
fuertemente y le estampó un beso en la mejilla. El cura la recibió entre sus
brazos y la mantuvo allí más de lo acostumbrado. Ambos intuían que allí entre
esas cuatro paredes algo estaba comenzando a gestarse... se separaron y María
José desapareció por el pasillo. Cuando Gonzalo volvió al dormitorio vio que
había dejado olvidados los cigarrillos. Tomó uno y lo encendió mientras sus
pensamientos volaban al lado de María José. Se recostó unos momentos en la cama,
había quedado impregnada con su aroma suave de mujer. Hundió su rostro en las
sábanas para dejarse embriagar más aún por su aroma y se quedó un largo rato así
pensando en toda esta situación. En el Seminario jamás le hablaron de estas
cosas. Se descontroló y dio un fuerte puñetazo contra la pared. Se dirigió a
realizar su trabajo cotidiano. Durante el día no tuvo grandes problemas, pero ya
en la noche, en la soledad de su cuarto los pensamientos pecaminosos comenzaron
a apoderarse de su mente. Se estaba convirtiendo en una especie de Dr. Jeckills
y Mr. Hyde.



De toda esta situación pasaron dos semanas durante las cuales
no tuvo noticias de María José, tamoco había vuelto a la iglesia. Esto lo
intranquilizaba bastante. Erea viernes, día de confesiones. Estaba allí
esperando que llegara alguien. El día había sido muy pesado. Sintió que alguién
se arrodillaba frente a la ventanilla del confesionario. En forma automática y
sin mirar, abrío la ventanilla y dijo: -"Ave María Purísima..." – pero no
recibió contestación. En cambio le decía: -"Hola, padre. ¿Cómo está?" – Miró y
grande fue su alegría cuando vio que era ella. –"¡María José!" – exclamó –"Qué
te habías hecho? Me tenías muy preocupado. –"Disculpa" le dijo. El no pudo
evitar observar que lo había tuteado y le agradó sobremanera ese nuevo trato.
–"Tuve que viajar a provincia de manera inesperada y no te pude avisar, mejor
dicho no sabía que debía avisarte.." -¡No! ¡no! No es eso-dijo Gonzalo- pero al
menos alguna deferencia..." María José sonrió. –"Acaso, padre, -dijo dándole un
tono muy especial a la palabra padre- todas sus feligresas le avisan cuando van
a viajar?" –Gonzalo no dijo nada. –"No te preocupes, tampoco vine a confesarme.
Sé muy bien lo que me dirías. Sólo deseaba aprovechar la ocasión para saludarte.
Aunque no me creas te extrañé mucho estos días. Me hiciste falta" Gonzalo tenía
una pugna interior. Una serie de situaciones que se contradecían a más no poder,
y él allí entre medio de dos aguas. No creía merecer todo esto que le estaba
sucediendo. –"María José – le dijo - te pido que por favor que no te entrometas
en mi quehacer como secerdote. No uses el confesionario para venir a conversar
conmigo y menos quiero verte comulgando como lo hiciste la vez anterior. No me
obligues a rechazarte y exponerte al escarnio publico. No sabía por qué pero se
sacaba la rabia tratando duramente a la chica, como si eso pudiera mitigar su
confusión. María José guardaba silencio. Su rostro reflejaba plenamente la pena
que sentía por las palabras del sacerdote. En tonces le replicó: -"¿No te parece
que estás más paista que el Papa? Cristo perdonó más que tú y preguntó menos".
–El cura estaba comenzando a exasperarse. No le gustaban los argumentos de la
chica ya que siempre terminaba encontrándole razón. –"María José, no te estoy
diciendo que no quiero verte más, sino que debemos hacerlo de otra manera. Te
equivocas totalmente si crees que no cuentas con mi comprensión". –"De acuerdo,
Gonzalo – dijo ella – como tú digas. ¿Irías a mi casa esta noche para cenar?" –
Gonzalos, para ser consecuente con lo que había dicho le contestó: -"¿A las 21
horas te parece bien?. Ellas asintió y se marchó rápidamente.



Antes de ir a casa de María José, pasó a un negocio para
comprar una caja de mantecado. No le parecía educado llegar con las manos
vacías. Presionó el timbre y al poco rato aparecio María José. Estaba vestida de
manera bastante sobria. Dio gracias al cielo por ello. Llevaba una blusa blanca,
ancha que caía sobre su falda, una mini de mezclilla, pero que no era
excesivamente corta. Llegaba sólo un poco más arriba de sus rodillas. –"Hola" –
le dijo saludándolo. –"Hola María José" Ella le dio un beso en la mejilla.
Gonzalo no dijo absolutamente nada. –"Quise cooperar un poco con el postre" –
dijo. María José lo recibió alegremente mientras le decía: -"No debiste
molestarte" – calló por un momento y luego le dijo: -"No te molesta que te tutee
¿verdad? Ya lo he hecho, pero prefiero preguntarte, a lo mejor eres tan
caballero que no te atreves a decírmelo..." El sonrió y le dijo –"Está bien. No
hay problema". María José fue a dejar el mantecado a la nevera. De la cocina
salía un aroma muy agradable que despertó de inmediato su apetito. Era una aroma
que le resultaba conocido. –"¿Se puede saber qué estás preparando?" – preguntó.
"Pollo arvejado" – contestó. –"¡Ese es mi plato favorito!" – respondió Gonzalo.
Ella con voz muy pícara le dijo: - "Lo sabía, mi abuela me lo contó y para que
sepas lo preparé a su manera. Pero aún falta un poco., Toma asiento que estás en
tu casa". Gonzalo le agradeció y tomó asiento. Ella llenó dos copas con vino y
le ofreció una, sentándose frente a él. Gonzalo no podía dejar de maravillarse
con la belleza de ella. Ponía mucho cuidado al sentarse, muy señorita y cuidaba
hasta el más mínimo detalle. Cenaron y conversaron como si se conocieran de toda
la vida. Allí encontrp Gonzalo muchas respuestas a las dudas que tenía sobre la
chica. Quedó totalmente convencido de la sinceridad de las palabras de la chica.
Ella, definitivamente, era una mujer en el cuerpo de un hombre. No entendía por
qué Dios permitía estas cosas y así comenzó a cuestionarse sobre su fe y la
sabiduría divina. María José, sin darse cuenta lo hacía dudar mucho. De esta
manera la amistad entre ambos se fortaleció muchísimo, se llevaban a las mil
maravillas y ella era como un remanso de paz para él. Buscaban las mil y una
excusas para poder compartir algunos momentos en privacidad. Poco a poco,
Gonzalo iba abandonando su trabajo pastoral para dedicarse a ella.



Gonzalo estaba en su oficina cuando el cartero le trajo una
carta. Era del Episcopado. La abrió con algo de intranquilidad. Sus sospechas al
parecer eran infundadas. Lo citaban para dentro de dos días. No indicaba el
motivo pero por su estilo era bastante perentoria. Trató de minimizar la
situación en su mente. Podía ser para un millon de cosas. En todo caso no tenía
nada que temer. Nada malo había en su conciencia. Apenas pudo se lo contó a
María José quien trató inutilmente de tranquilizarlo. Todas las noches
conversaban por teléfono compartiendo sus esperanzas y desesperanzas, pero hasta
ahora jamás había transgredido los límites de una verdadera amistad. Pero una
cosa era muy cierta: se habían vuelto imprescindibles el uno para el otro.
Cuando llegó el día de la citación, María José lo llamó en la mañana para
desearle que le fuera bien. Gonzalo tenía un pálpito. Quizá se habían vuelto muy
obvios. Cuando llegó a la antesala de la oficina, el cura secretario del Obispo
le dijo que esperara, que lo iría a anunciar. Después de unos diez minutos lo
hicieron pasar. El Obispo tendría cerca de unos sesenta años y una barriga
bastante abultada. Su oficina no podía ser más lujosa. -"Igual a la mía" - pensó
Gonzalo. El Obispo se puso de pie y extendiéndole los brazos le dijo: -"Mi
querido padre Gonzalo, ¡qué alegría verlo!" Él le tomó la mano derecha, le hizo
una reverencia y le besó el anillo. -"El placer es mío, su eminencia".



El prelado lo invitó a tomar asiento. Se produjo un silencio.
-"Usted dirá su Eminencia para qué me necesita". - El Obispo se echó hacia atrás
en su silló, tomó aliento y dijo: -"Padre Gonzalo, seguramente usted no
desconoce los numerosos problemas que ha tenido la Iglesia en el último tiempo
por algunos casos que infortunadamente han salido a la luz pública- guardó
silencio por unos momento y continuó - casos de violaciones, abusos deshonestos,
mujeres embarazadas… en fin, curas que olvidaron de cumplir su sagrado deber…
estamos en una situación crítica, padre Gonzalo, muy crítica…" Él lo escuchaba
atentamente y asentía a lo que decía el Obispo. -"Desgraciadamente algunos
hermanos han caído en la tentación…" comentó. El obispo lo quedó mirando
fijamente como si quisiera leer la mente de Gonzalo. Luego le dijo: -"Padre,
como su superior usted debe tener confianza y obediencia sumisa, ¿no tiene nada
que contarme?" Gonzalo sintió que un frí recorría toso su cuerpo. Debía irse con
cuidado. Ignoraba qué cosas podrían haber llegado a los oídos del Obispo.
Tratando de hablar con voz fuerte y segura le dijo: -"Absolutamente nada su
Eminencia, ignoro lo que desea relamente decirme…" No dejó de notar un cierto
gesto de disgusto cuando el Obispo le dijo: -"Padre, seré directo y franco con
usted. En el último tiempo me han estado llegando muchos comentarios acerca de
usted sobre cierta amistad que parece mantener a toda costa, inclusive relegando
sus deberes sacerdotales…" Si un rayo hubiese caído sobre Gonzalo no lo habría
sentido tanto como el efecto que le produjo las palabras del Obispo. Se le secó
la boca. ¿Cómo podía estar tan bien informado? -"No… no sé a qué se refiere su
Eminencia…" El obispo con voz paternal le contestó: "Padre Gonzalo…Padre
Gonzalo…. No estoy en este puesto por nada. No lo estoy acusando… aún… pero es
mejor prevenir que curar…" Gonzalo trató de decir algo, pero el Obispo no se lo
permitió. -"Padre, ambos somos personas medianamente inteligentes. No lo estoy
juzgando, sólo le estoy advirtiendo…lo estimo muchísimo y es mi deber
preocuparme de su conducta. Padre Gonzalo… ¿quién es su consejero espiritual?"
-"Es el padre Santiago"- contestó. -"¡Excelente!" - dijo el Obispo. Le
recomiendo que tenga una conversación con él, creo que le hará mucho bien y… si
lo vuelvo a llamar,Padre Gonzalo, será para algo más radical". El Obispo le dio
la bendición y se despidieron.



Salió con un sabor amargo en la boca, le parecía injusto todo
lo que estaba sucediendo. Es cierto que había descuidado su trabajo pero eso era
lo peor de lo que podían acusarlo. Lo otro no pasaba de ser una simple amistad.
Cuando llegó a la parroquia, lo primero que hizo fue llamar a María José. No le
quiso dar los detalles por teléfono. Iría a la casa de ella en la noche. Luego
llamó al padre Santiago, su guía espiritual para concertar una cita. Se
saludaron efusivamente y quedaron de verse al día siguiente en la tarde. Las
cosas siguierontranscurriendo lentamente durante el día, no se sentía muy
animado para trabajar pero siguió cumpliendo fielmente su rutina diaria. Cuando
dio por terminada su labor, se dirigió a la casa de María José. La encontró muy
ansiosa y preocupada. -"Al fin llegaste, Gonzalo" - le dijo dándole un beso en
la mejilla. Tomó asiento en un sillón, ella le trajo un refresco. Le contó
absolutamente todo. Ella lo abrazó por detrás del sillón apegando su rostro al
de él. -"Todo esto es por mi culpa" - dijo. Gonzalo le tomó la mano y dijo:-"No
digas eso. Sabes muy bien que no es tu culpa. Nada malo hemos hecho. Sólo somos
dos almas en sintonía, pero eso mucha gente no lo puede comprender…" Ella muy
preocupada le dijo: -"...Gonzalo..." - -"Dime" – le contestó. –"Estoy pensando
en marcharme de aquí. Hay una persona que desea comprar la casa y me ofrece un
precio muy conveniente..." Él la miró fijamente a los ojos y le dijo: -"Te vas
por el dinero que te ofrecieron o ara alejarte de mí..." –Ella con los ojos
vidriosos contestó: -"Lo hago por ti, Gonzalo. Soy una mala infleuncia para
ti..." –Gonzalo se levantó furioso, gritando: -"¡Eso jamás! ¡NOOOOOOO!" De un
ssalto se acercó a María José y ambos se abrazaron fuertemente. Los ojos de
ambos estaban brillantes y las lágrimas comenzaban a aflorar. No podían
comprender lo que sucedía, pero tampoco se les ocurría cómo poder solucionarlo.
La única posibilidad que existía eran incapaces de asumirla. Además nada malo
ocurría entre ellos, era un amor muy especial. No se dieron cuenta, no se
percataron, cuando quisieron reaccionar ya era demasiado tarde. Sus bocas
estaban unidad en un beso desenfrenado y apasionado. Sus bocas se buscaban con
anhelo. Y así, al igual que sus labios y lenguas sus lágrimas se entremezclaron
con el roce de sus rostros. Casi no podían respirar. Era una fuerza
incontenible, mucho más allá de la razón y de la cordura. La temperatura subía
de manera considerable. Las manos de Gonzalo recorrían el cuerpo de María José,
la cual se dejaba llevar por la locura del momento. –"Te amo, te amo, te amo! Le
repetía a Gonzalo sin cesar. Por un momento Gonzalo recuperó la conciencia. Sólo
Dios sabe el inmenso esfuerzo que tuvo que hacer para detenerse. Estaba
completamente sudoroso, la ropa desarreglada al igual que María José. –"NO.
NOOOOO. ¡Debemos detenernos, María José!" Pero por lo contario ella se aferró
más fuertemente al cuello de Gonzalo, no estaba dispuesta a perderlo. –"¿No te
das cuenta que te amo con todo mi ser?" – le dijo casi suplicante. –"Que daría
la vida por ti". –Gonzalo estaba completamente confundido. –"No sé...no sé... lo
que quiero ni lo que debo hacer..." De un tirón quitó los brazos de María José
de su cuello y salió casi corriendo de la casa. María José desconsolada, se
arrojó sobre la cama llorando a más no poder.



Al llegar a su casa, se dio una ducha de agua fría para
calmarse. Luego se metió a la cama. Durmió muy mal. La mañana del día siguiente
se le hizo eterna. Mucho le costó no tomar el teléfono para llamar a María José.
Cada vez que sonaba su teléfono el corazón daba un brinco pensando que podría
ser ella, pero eso no sucedió. En la tarde después del almuerzo se dirigió al
convento donde estaba el padre Santiago. Se saludaron afectuosamente y se fueron
caminando por los senderos del hermoso y grande jardín. Se respiraba paz y
tranquilidad allí. –"Gonzalo – le dijo – antes de que comencemos a conversar
quiero decirte que tu caso es más serio de lo que puedes imaginar. El Obispo
está muy molesto por todo esto y principalmente porue no quisiste confiar en él.
Sib ya es serio tener problemas de faldas con mayor razón en tu caso tratándose
de la verdadera condición de la chica..." Gonzalo sintió que el mundo se le
venía encima. Pensó y vio que todo lo acusaba sin haber hecho algo
verdaderamente grave aún, Estaba prisionero de las circunstancias. Mantuvo
silencio, pensando en qué decir. Aparentemente nada se desconocía acerca de su
caso. –"En mí puedes confiar – dijo el padre Santiago - ¿qué tanto te has
involucrado con esa chica? Yo te puedo entender, la vida de los curas no es
fácil y la tentación siempre está ahí muy presente al lado nuestro. Todos
tenemos debilidades y yo no soy la excepción" – Tomaron asiento en un escaño.
"Si tú pones de tu parte yo puedo sacarte con bien de todo esto. Confía en mí,
Gonzalo. Todo depende de ti y qué tanto estés dispuesto a cooperar conmigo..."
-"Pero... ¿y de qué manera esperas que coopere contigo? – le dijo. El padre
Santiago se acercó más a él y colocó una mano sobre la pierna de Gonzalo y
comenzó a acariciarla, subiéndola lentamente hacia su sexo. –"Puedes cooerar
conmigo de la misma manera que tu María José". La sangré se le amontonó en la
cabeza. Esto se estaba convirtiendo en una verdadera tragedia griega. Sintió que
algo se destruía en su interior de forma definitiva. Se levantó violentamente
dándole un empujón a Santiago. –"¡ME DAS ASCO!"- le gritó –"Jamás me habría
imaginado algo así de ti. ¿Esta es la Iglesia? ¡Dime hijo de puta! ¿Esta es la
Iglesia?" –El padre Santiago estaba con el rostro desencajado. –"¡Cálmate,
Gonzalo, cálmate, por favor! Sólo te pedía un poco de afecto..." Gonzalo no
estaba para escuchar a nadie. –"¡Cállate miserable! Mejor púdrete en el
infierno..." – Dio media vuelta y se alejó.



Si había ido a buscar orientación ahora estaba en peor estado
al que había llegado. ¿Qué se le podía criticar? ¿De qué lo podian acusar? ¡Si
todos eran tanto o más pecadores que él! Cuando llegó a su parroquia, ni
siquiera pasó por la oficina, siguió de largo hacia su departamento. Sacó un
cigarrillo de aquellos de María José y de otro mueble una botella de cognac,
sirviéndose una copa. Encendió el cigarrillo y se quedó pensando largamente en
lo sucedido. Tomó el teléfono y marcó el número de María José, le dijo que tenía
suma urgencia de conversar con ella y que iría en la noche. Ella sintió algo en
su interior, su intuición femenina le avisaba algo, pero no sabía bien qué.
Trató vanamente de hacer algunas cosas, pero sus esfuerzos fueron inútiles, su
mente, su espíritu, su corazón estaba en otra parte.


El día comenzó a declinar
lentamente cubriendo todo con su manto oscuro. María José tenía todo dispuesto
aunque no sabía para qué. Por su mente pasaban miles de cosas y ninguna era
buena. A ratos se calmaba un poco para después ver todo negro nuevamente. Cuando
sintió que llamaban a la puerta, se estremeció entera. Abrió, era Gonzalo. Lo
hizo pasar. Cuando estaban en la sala, ella notó de inmediato que algo malo le
sucedía. Intentó preguntarle, pero la hizo callar, colocándole el dedo índice en
los labios. Suavemente fue haciéndola retroceder hasta que la arrinconó contra
la pared. María José sólo se dejaba llevar. Gonzalo comenzó a acariciarle el
rostro con una ternura infinita. Luego con la punta de su dedo comenzó a
redibujarle los labios con su dedo índice. –"No digas nada, mi amor. No me
preguntes nada. Ya no soporto más esta situación y sólo una cosa tengo clara: Te
amo con todas las fuerzas que soy capaz... quiero hacerte mía esta noche..."
Ella, apenas tuvo fuerzas para decirle: -"Te pertenezco desde el momento en que
te vi".-Sus bocas se unieron, pero esta vez sin la loca pasión de la noche
anterior. Fue de forma lenta, viviendo y sintiendo cada segundo intensamente,
haciendo acolar cada milímetro de sus labios. Saboreándose de manera consciente,
sin desaprovechar el tiempo. La lengua de Gonzalo se abrió paso entre los labios
de María José, quien la presionó suavemente, succionándola de una manera
voluptuosa, poniendo en ello toda su alma de hembra. Llevaba un vestido
abotonado por delante.


Gonzalo comenzó a desabrocharlos, lentamente uno por uno.
Cada vez que lo hacía una pequeña parte del cuerpo de María José quedaba al
descubierto ante sus ojos. –"Eres hermosa, muy hermosa" – le decía. –"Un sueño
hecho realidad" Primero quedó a la vista sus pechos, cubiertos sólo por un
pequeño brassiere. Apareció también su vientre palpitante, suave, parejo que se
movía acompasadamente al ritmo de su respiración agitada. Luego apareció el
borde de su tanga que cubría la más dulce de su exquisitez. Cuando terminó con
el último botón se alejó un poco para admirarla. Estaba arrobado ante su
belleza. Era un todo armonioso, un verdadero banquete para los sentidos. Ella
tomó el vestido por los lados y con un delicado movimiento de hombros se deslizó
por detrás de su espalda cayendo caprichosamente a sus pies. No había demasiada
luz en la habitación, formando una alucinante combinación de claroscuros
alrededor de su silueta, dándole una dosis extra de sensualidad. Gonzalo dirigió
su vista hacia el pequeño triángulo que formaba su tanga en el pubis. –"El
jardín de las delicias" – pensó. La fina tela se apegaba tan bien a su piel,
como si fuera parte de ella. No existía detalle alguno que pudiera desentonar
ese exquisito cuerpo de mujer. María José, felina como una pantera se acercó a
Gonzalo y comenzó a desabotonarle la camisa. Cuando terminó, se la quitó y la
arrojó sobre una silla con sus manos. Comenzó a recorrer el fuerte pecho de
Gonzalo, sintiendo su calor y el palpitar de su corazón.


Luego se arrimó más y
comenzó a frotar su pecho en él, mientras Gonzalo hundía sus dedos en los
cabellos de ella. Al menos en esos momentos nada importaba. Sólo existían dos
seres que deseaban mutuamente entregarse. María José siguió con su tarea. Aflojó
el cinturón y bajó la cremallera del pantalón, sin quitarle la mirada a Gonzalo.
Él, aydándose con los pies, se quitó los zapatos. Cuando María José terminó con
el pantaló, se apegó a su cuerpo y le pidió que le quitara el brassiere. Gonzalo
obedeció con toda delicadeza, dejando al descubierto las hermosas tetas de María
José. Sintió como se presionaban contra su pecho y cómo ella se iba deslizando
hacia abajo, mientras acariciaba la suavidad de su espalda. La veía tan frágil y
delicada. Su sexo estaba listo para penetrar en ella y hacerla suya, muy suya,
deseaba apropiarse hasta de su alma. Una ansiedad terrible recorría todo s
miembro por sentir la intimidad de ella. Una ansiedad que llegaba a dolerle. Su
boxer estaba totalmente húmedo por la fuerza de la excitación. Sintió que las
manos de María José presionaba su bulto, dio un fuerte suspiro que lo obligó a
cerrar los ojos y a tragar saliva. Estaba viviendo la parte de su vida que se
había negado a sí mismo. Ahora se pregntaba para qué. Sintió que su vida de
cura, todo su sacrificio carecía de validez. Todo era una inmensa hipocresía. No
quiso pensar más en ello y se entregó a los placeres que estaba dispuesta a
brindarle María José. Ella lo tomó de la mano y se dirigieron al dormitorio. Se
recostó sobre la cama y extendió los brazos para recibir a su hombre. Ël comenzó
a besarle el cuerpo completo, recorriendo su hermosa geografía.


Le quitó la
tanga y la pija de María José quedó expuesta ante su vista. No lo dudó un
segundo, primero la acarició con sus manos para luego introducirla en su boca
con los consabidos suspiros y estertores de María José, dándole de esta manera
su primer orgasmo. Se sintió feliz de poder proporcionarle tanto placer. Fuen
entonces cuando ella, a pesar de su fragilidad, lo tumbó en la cama, se subió a
horcajadas en él, tomó su miembro y lo acomodó en la entrada de su ano. Comenzó
a presionar, mordiéndose los labios, deseando la penetración con toda su alma.
Tragó aire, dio un fuerte alarido al mismo tiempo que el miembro de Gonzalo
desaparecía en su interior. ¡Finalmente se había convertido en su hembra!
Gonzalo sintió la tibieza de su intimidad y cómo los músculos de ella se
ajustaban con precisión a los contornos de su miembro. Una presión exquisita,
que lo enloquecía y lo embriagaba de placer. Sus manos se buscaron y sus dedos
se entrelazaron fuertemente. Eran un solo ser. Cada célula, cada molécula de sus
cuerpos engranaban perfectamente en una sinfonía de placer sublime. Las caderas
de María José se movían con elegancia, apretaba su esfínter para estimular más a
Gonzalo quien ya no tenía voluntad. –"Soy tuya, mi amor" – le decía –
"Abandónate a las delicias de mi amor. Quiero darte todo el placer de que soy
capaz. Anda, inunda mis entrañas con tu simiente".



Gonzalo ya no pudo más, su cuerpo se arqueó, llegando a
levantar a María José y entrando en ella hasta lo imposible. María José sintió
el semen de Gonzalo en su interior y se dio cuenta que finalmente habían
consumado su amor. Se bajó y se abrazaron fuertemente durante largo rato. Sólo
sintiéndose, sin decir nada. Fue María José, quien rompió el silencio
diciendo:-"Gonzalo..." -"Dime..." – le dijo acariciándole el cabello. –"¿Qué
puedo esperar de todo esto que ha sucedido entre nosotros?" - Gonzalo quedó
pensando un momento y le dijo: -"No lo sé. María José, de verdad no lo sé". Ella
se entristeció con la respuesta. –"Te lo digo, porque vendí la casa, Gonzalo,
con todo lo que hay adentro, debo entregarla en dos días más, no había querido
decirte nada para no preocuparte. Si quieres espararé tu respuesta hasta el
medio día del jueves. Con el dinero podemos establecernos en cualquier parte e
iniciar una nueva vida donde nadie nos conozca. ¡Podemos ser felices! Mi amor."
Está bien. Tomaré en cuenta lo que me dices. Dame ese tiempo para ordenar mis
ideas, comprende que no es fácil para mí. Te llamaré para darte mi decisión
cualquiera que esta sea. Se vistió, se despidió de ella diciéndole que era
maravilosa y se marchó.



No se comunicaron para nada. El miércoles recibió una
llamada del Obispo para que se presentara el jueves a las nueve. Su tono no fue
muy amigable. Al día siguiente acudió puntualmente a la cita. El saludo fue muy
frío. –"Padre Gonzalo – le dijo- he recibido el informe del padre Santiago en el
cual me aconseja su traslado en forma inmediata. De todas maneras ya lo tenía
decidido. En dos días más se irá para hacerse cargo de una parroquia en en el
Sur" Gonzao estaba al límite de sus fuerzas. El lugar a dónde lo enviaban
quedaba a más de dos mil kilómteros de allí. No se encontró capaza de separarse
de ella. Trató de hablar con el Obispo de hacer que desistiera de su decisión,
pero fue rotundamente inflexible. Ya había decidido y no había más que hacer.
Sólo se limitó a recordarle que estaba bajo el voto de la obediencia y que si no
hacia efectiva la orden se le dispensaría de los votos, quedando marginado de la
Santa Madre Iglesia. Acongojado se despidió del obispo. Al salir del edificio
del episcopado cruzó la calle y se dio vuelta para observarlo, fijó su viste en
la inmensa cruz que coronaba al edificio, la miró detenidamente, unas lágrimas
brotaron de sus ojos y le dijo: -"¡Perdóname!" – dio media vuelta, miró la hora,
aún estaba a tiempo, sacó su celular y marcó un número...


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Relato: Cuando la fe tambalea (2)
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